PENSAMIENTOS DE UN ESCÉPTICO APASIONADO

EMILIO ALONSO

 

 

Me temo que estas reflexiones, a más de uno le van a parecer políticamente incorrectas. Pero no será la primera vez que advierto sobre una izquierda, que se cree superior, más culta, en posesión de la verdad única: aquella “gauche divine” de los sesenta y los setenta, la izquierda chic de ahora, los populistas de hoy.

El doctor Anthony Daniels (Theodore Dalrymple es el pseudónimo como escritor del doctor Anthony Daniels, médico y psiquiatra forense, columnista habitual en medios como The Spectator, City Journal, The Times y The Daily Telegraph) hace un par de años ya puso de manifiesto, como en la victoria electoral de Donald Trump, había jugado a su favor, el sentimiento de menosprecio (ético y estético) que el “stablishment” demócrata e intelectual, al menos una buena parte de él, había manifestado hacia la parte de la ciudadanía, dotada de opiniones toscamente conservadoras o rurales.

Es un gran error de los progresistas, opino yo que me cuento entre ellos, considerar que quienes tienen opiniones erróneas sobre la inmigración, el matrimonio homosexual, otras costumbres sociales tradicionales, la nación… no sólo están equivocados (que para mi sí lo están) sino que son personas moralmente malas, inferiores vistos desde una ética esclarecida. Y ahí es cuando la liamos, al meter en el mismo saco la moral, la ética y la política. No es que la política deba quedar al margen de la moral, por supuesto, pero tiene sus propias reglas, y sus diversas éticas como nos enseñó Weber. Como decimos los mallorquines: “no s’han de mesclar ous amb caragols”.

Hay de debatir duro con el adversario, sin complejo alguno, sin concesiones. Pero ojo a traslucir de nuestras palabras o dialogo corporal, un sentimiento de menosprecio a los adversarios. El maniqueísmo al final no es tan natural, como creen algunos. La vida no está hecha en blanco o negro. Y por lo menos a mí, me resulta inaceptable esta idea religiosa, de que “yo represento lo bueno”.

Traído el tema a nuestros lares. Tratar a los que se manifiestan nacionalistas españoles, o catalanes ya puestos, como rancios apestados por un fachorio congénito. Considerar la reacción antiinmigración, solo como una cuestión de falta de moralidad. Y las inclinaciones sexualmente conservadoras, como seguro índice de pecaminoso patriarcalismo. Al final, convertir el desacuerdo político en una cuestión moral, en la que los progresistas están en la verdad esclarecida, y los que no la ven así son todos unos fachas impresentables, se vuelve en contra de los primeros cual boomerang. Todo este batiburrillo de moral y política, esta exhibición de una supuesta superioridad moral e intelectual, es un tremendo error político, que aleja de la izquierda a muchos ciudadanos, que se sientes menospreciados.

Escribía el otro día José María Ruiz Soroa, que reaccionar con desprecio ante cualquier manifestación de nacionalismo español como algo rancio, cutre e irremisiblemente contaminado hasta el final de los siglos, por el franquismo nacional católico, no sólo es simplón (incluso en el reino de la simpleza en que vivimos) sino que es injusto para quienes se sienten (nos sentimos) españoles (no nacionalistas) que se ven tratados como apestados, mientras los nacionalismos periféricos, son valorados como legítima expresión de identidades. De esta manera el ciudadano español de ideología simple, elemental, termina por sufrir, como lo calificó Helena Béjar (socióloga en la Complutense) “una privación relativa y un sentimiento de dejación”. Y por supuesto, reacciona mal.

El miedo receloso del ciudadano de a pie, ante la inmigración, especialmente cuando muchos medios irresponsables, se empeñan en presentarla como una invasión imparable, es “normal” en ciertos grupos humanos no muy informados ni sofisticados. La reacción xenófoba, tiene mucho de “natural”, de elemental, no es algo tan elaborado y sofisticado como el altruismo y el cosmopolitismo. Sería la insociable forma de ser sociable que tiene el ser humano, como nos enseñaba Kant. Con ella deberíamos contar siempre, y superarla a base de educación, información y demostración, justo lo contrario del desprecio y el menosprecio, desde posiciones de superioridad moral. Porque sucede, además, que los más afectados por el miedo al otro distinto, son los menos favorecidos por la fortuna de una buena posición social e intelectual. Y estos colectivos, no lo olvidemos, tendrían que ser el pueblo de la izquierda.

Si el ser humano no hubiera estado abierto al cambio, la humanidad no hubiera salido de las cavernas. Pero si no hubiera en su condición humana, una atávica aversión al riesgo, hubiera vuelto a ellas hace tiempo. Este péndulo existe aún hoy, y lo inteligente políticamente hablando, es saber tratarlo con argumentos y ejemplos. No despreciarlo únicamente como algo maligno. Primero porque es darle excesiva transcendencia. Y segundo porque se rebota. Y entonces sí, llegan los fachas, los de verdad.

Pues eso. 

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