Nueva política, nacionalismo y educación (II) Una conversación con Ramón Vargas Machuca

ANDRÉS L. JAUME

 

A Ramón Vargas Machuca la situación balear en la que la izquierda está claramente acomplejada o casi disfrazada no le es ajena. Antich es un ejemplo de ese talante. Como el expresidente balear y sus secuaces en el gobierno actual de la comunidad, muchos otros. Lo que le lleva a afirmar que «no han entendido nada, pues el 155 paraba un golpe de estado que atentaba contra la comunidad política. La democracia es un procedimiento de toma de decisiones para proteger a una comunidad ya constituida y nadie de izquierdas debiera tener dudas de que la pertenencia a una comunidad estatal pueda ser puesta en peligro y deba ser defendida precisamente desde el derecho. Las democracias no se hicieron para fraccionar comunidades políticas o destruir la ciudadanía, sino para consolidarlas». La pregunta es, para este catedrático de Filosofía moral y política, dónde queda el elemento deliberativo de la democracia cuando la hegemonía cultural puede ser twitter y sus 150 caracteres. La democracia, recalca, no es el derecho a decidir, sino el derecho a decidir tras un proceso deliberativo. Y deliberar no es imponer relatos –tan del gusto de los posmodernos- sino de construir un diálogo racional. Así, en la condición posmoderna, en la era de la postverdad, la primera víctima del populismo y no menos del nacionalismo es la verdad. Apunta el profesor que no hay virtudes éticas sin virtudes epistémicas. El ámbito de la justicia y de la política son conjuntos difusos, pero eso no conlleva que no haya verdad en ellos, siempre puede dirimirse qué es más verosímil y qué no. El problema es que los prejuicios son muy confortables, el calor de la grey muy cómodo pero no así el ejercicio de la crítica.

En cuanto a la tan polémica ideologización que se empecinan algunos en señalar su inexistencia, lo tiene muy claro: el nacionalismo, y de modo explícito el nacionalismo gestado a partir del pujolismo, ha cultivado un  sentimiento de superioridad que ha sido alimentado desde la escuela. Me viene a la cabeza una ilustración muy clara para el aserto de mi interlocutor. Hace años se depuró de lenguaje sexista y xenófobo buena parte de los libros de texto del Estado Español. Pero en Baleares parece que la xenofobia tiene cierto amparo institucional, pues como puede leerse en un libro de Lengua catalana de esta comunidad, se ejemplifica el estudio de los pronombres tónicos y átonos con expresiones tales como “Forasters vendran que de casa ens treuran”,(Llengua i Literatura, Santillana Illes Balears, 2016, p. 88). La educación indigenista y no ideologizante triunfa en el mundo de la contradicción y el sinsentido, la misma xenofobia que observamos con un Santiago Matamoros y un burgalés Castrillo de Matajudíos. Aún recuerdo mis clases de Formació de l’esperit nacional que impartía un profesor de una científica, objetiva y neutral Lengua catalana en mi COU del curso 1997-1998 en el que se leían compulsivamente los artículos furibundos de Nadal Batle. Y de rectores también trata Vargas Machuca al decir que los de las universidades de Cataluña, Valencia y Baleares no han sabido estar a la altura con la condena al uso de la violencia legítima en defensa del estado de derecho; el papel de estos ha sido complaciente con las tesis nacionalistas ya que resultaría ininteligible que el Estado no reaccionara ante la barbarie de los hechos que hace, meses acaecieron en Barcelona.  No duda en calificar la situación en Cataluña de delirio; delirio alimentado por los medios, la escuela y la política lingüística. Recuerda haber estado como miembro de diversos tribunales en Cataluña, pedir los impresos bilingües y no tenerlos o que el doctorando responda en catalán cuando el tribunal es mayoritariamente castellano-hablante. Para el profesor la lengua castellana, la lengua mayoritaria, ha sido maltratada, «¿Qué culpa tenemos de hablar español? ¿Qué Franco lo hablaba y encima lo hablaba mal? ¡Tan rica la lengua castellana como la catalana! El nacionalismo y su política lingüística no han entendido que el repertorio de los derechos es el repertorio de las personas, no de las colectividades». Es la situación a su juicio catastrófica pues considera que «el Estado en Cataluña está desmantelado por creer en la lealtad de los nacionalistas. ¿Qué harán estos días?, pues no lo sé. En el 78 hubo visión de estado, hoy no. Parece que los partidos solo piensan en su supervivencia. Son gente que no practica otra cosas que el vuelo gallináceo, el tactismo y eso es achacable tanto a PP como a PSOE». Lo que no sabe mi contertulio es que ahora el Gobierno Balear (olvídense de nombres oficiales, pues nadie dice “United Kingdom” sino “Reino Unido”) ahora quiere que los galenos hablen la lengua “propia” (nuevo dogma donde los haya de las mismas dimensiones que la Asunción de María a los cielos) y que curen o dejen de curar, eso ya es secundario. Se nota que nuestros políticos, por no decir, pseudofuncionarios de partido, gozan de una salud excelente y no necesitan más que de palabras. En la Posmodernidad triunfa el nominalismo médico, ¿será que han leído a Laín Entralgo y “La curación por la palabra en la Antigüedad”? Da gusto contar con cabezas tan ilustres y abiertas que diciéndose de izquierdas, leen a un exfalangista ¿verdad Ramón?

El pensamiento, si no utópico, sí al menos esperanzador tiene fe en que en Cataluña y en el resto de España la gente vea quién ha dicho más tonterías al final y se acabe de una vez la mina del populismo y el nacionalismo que merece a su entender el título de «la peor coyunda, la misma que se dio en el periodo de entreguerras. Que la izquierda se aparee con ellos es algo que da pánico».  Al final lo que se ve en los partidos es «lealtad perruna», por eso la tarea del filósofo no es otra que colaborar en la formación del juicio político del ciudadano, una labor pedagógica de la que lo menos que debiera sacarse es un juicio informado.

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