Nueva política, nacionalismo y educación (I). Una conversación con Ramón Vargas Machuca

ANDRÉS L. JAUME

 

Hay personas con las que la conversación es lujo asiático. Ramón Vargas Machuca es una de ellas. Hace poco pude comentar con él una serie de temas a propósito de Filosofía Política. Me dio una lección magistral que no me resisto a guardarla entre mis notas de escritorio. El catedrático de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Cádiz se doctoró en Filosofía bajo la dirección de Miguel Ángel Quintanilla con una tesis sobre Gramsci que después daría lugar (1982) a El poder moral de la razón. Además, fue diputado en la legislatura constituyente (1977-1979) por Cádiz. Recuerda que de miedo, como ahora se refieren algunos jóvenes políticos, nada, sino ante todo realismo político en unas cortes constituyentes que iban de la ley a la ley y a través de la ley como bien dijo Fernández-Miranda. Señala que «decir que la transición fue un cuento es desacreditar la democracia. Habíamos aprendido mucho de la Pasionaria pero la pasión por las grandes palabras es una chorrada; hay que aplicar el principio de precaución: no tomes decisiones cuyo riesgo de fracaso sea superior a las expectativas de éxito. Y eso mismo no tiene que ver con la falsa dicotomía miedo/no miedo, sino con el realismo democrático. Lo que queríamos en esas cortes constituyentes era ser como los demás europeos».

¿Qué queda de ese espíritu? Queda un análisis lúcido de la situación actual de la vida política que le recuerda al período de entreguerras y concretamente a la polémica entre Carl Schmitt y Hans Kelsen que afortunadamente ganó Kelsen. Le sorprende que ahora se lea con tanta frecuencia a un teórico del fascismo como Schmitt y culpa claramente a Negri y los marxistas más radicales como Mouffe y Laclau –auténticos gurús de Podemos- que arrojan una versión esperpéntica sobre la realidad política. Eso mismo es Podemos y el populismo en los que un estado de garantías es un estorbo y responde a una lógica de manual leninista. Para Vargas-Machuca democracia no hay más que una, la que surge de un proceso deliberativo y se manifiesta después en una decisión consensuada y refrendada por la comunidad política. Lo otro, añade, es otra cosa. Si hemos vivido como lo hemos hecho hasta ahora es porque la diatriba se inclinó del lado de Kelsen y no de Schmitt. Errejón, quien leyó una tesis sobre Laclau, refleja la idea de una política no como lucha de clases, sino como el conflicto entre amigo/enemigo. Eso, añadido a la posmodernidad y la posverdad da lugar a que gane quien logre imponerse, de ahí que todo sea ahora cuestión de hegemonía. Es precisamente ésa la que se ha adueñado de los recursos básicos del Estado como la enseñanza puesta al servicio de la ideología o como los medios periodísticos. Vargas Machuca se apresura a dejar claro que el 1-O fue «un pucherazo en toda regla en el que se suspendieron los derechos de la oposición».

En cuanto al polémico 155 aclara que fue partidario de su aplicación con proporcionalidad a la vez que recuerda la carta de Tarradellas de 1981 a Sáenz Guerrero donde advertía de los riesgos de la política nacionalista de Pujol y su previsible falta de lealtad a la C.E., lo que el tiempo ha demostrado décadas después con la consecuente ruptura de la convivencia entre todos los españoles. Su diagnóstico es claro: los diversos grupos nacionalistas padecen una semideslealtad constitucional congénita que se transforma en deslealtad absoluta en tiempos de crisis. Y así se aprovecha la  debilidad de la imagen de España para precisamente ir en contra del Estado en favor de los nacionalismos siempre excluyentes. Igualmente apunta el gusto de cierta prensa internacional por la España negra, es como si los corresponsales siguieran buscando las imágenes de Robert Capa cuando guardan silencio absoluto sobre las cargas policiales en cualquier otra parte de Europa. Los principales partidos de la así llamada izquierda, lo mismo que ciertos sectores de la derecha, muestran una actitud de guiño a los nacionalismos.

Si la clase política no aprende de la situación catalana ya no aprenderá, a lo que se apresura a sentenciar que «el nacionalismo es una ideología del s. XIX, es el germen que ha destruido la convivencia, parece que no aprendemos de los errores de Wilson  con su política de fronteras en los Balcanes que sin duda abonó la II Guerra Mundial». Ramón, pese a habernos visitado hace meses y dar una conferencia en el Club Diario de Mallorca sin un solo rostro conocido del PSIB, no sabe que en Mallorca el s. XIX está muy presente. Cuando la Ilustración puso los pies con Jovellanos, fue para encerrarla en el Castillo de Bellver (1801-1808), ya llegaba con retraso. Mientras tanto se sigue cuchicheando más que hablando y la sobrasada o cualquier embutido autóctono es tema de conversación. Ramón, mis palabras sólo tendrán un efecto: “¿Y quién se ha creído éste para decir lo que dice si la sobrasada está tan buena?”, creo que nos entendemos como nos entenderá cualquier lector caritativo.

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