EL TRAMPANTOJO DEL GOBIERNO EN SOLITARIO DE LOS SOCIALISTAS

Dicha técnica pictórica consiste en fabricar una perspectiva que en realidad no existe. En estos días, estamos viviendo un ejemplo político: el Gobierno en solitario de Pedro Sánchez.

El trampantojo es una técnica pictórica para fabricar una perspectiva que en realidad no existe. Su etimología francesa deja pocas dudas ('trompe-œil', o 'engaña el ojo'). Estos días estamos viendo un ejemplo de trampantojo político: el Gobierno en solitario de los socialistas, también una trampa visual para intentar crear una perspectiva política que no existe.

Los socialistas repiten sin cesar dos argumentos que se invalidan mutuamente: que un Gobierno de coalición con Podemos sería el caos (“dos gobiernos dentro de uno”) y que, en cambio, un Gobierno socialista en solitario sería suficiente garantía de estabilidad para echar a andar la legislatura.

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Se ha escrito prácticamente todo sobre el fallido Gobierno de coalición entre socialistas y morados. Así que detengámonos en la otra fórmula: ¿cómo sería un Gobierno en solitario de los socialistas? ¿Qué ocurriría si Iglesias diese finalmente su mano a torcer, y aceptase 'in extremis' la investidura de Pedro Sánchez?

Los socialistas se preguntan retóricamente que si pudieron gobernar con 85 diputados, ¿por qué no podrían hacerlo ahora con 123 escaños? Hay varias trampas anidadas en este argumento: la primera, aceptar que el primer Gobierno Sánchez (los ocho meses transcurridos entre la moción de censura y la convocatoria de elecciones) fue un Ejecutivo 'estable'.

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Es cierto que logró sacar adelante algunas medidas (como la subida del salario mínimo), gracias al uso de la figura del real decreto-ley, cuyas costuras se estiraron hasta el límite; pero fueron muchos más los ejemplos opuestos: el más sonoro, el rechazo parlamentario al proyecto de Presupuestos (que provocó la convocatoria electoral). Pero no fue el único: la exhumación de Francisco Franco, el impuesto al diésel, la financiación autonómica, la reforma laboral, la renovación de RTVE, las medidas sobre el mercado de la vivienda... Es difícil no sentir una sensación de vértigo cuando se repasa la lista de gatillazos acumulados por el Gobierno de Sánchez durante su accidentada primera etapa.

Con todo, la segunda trampa es todavía más grosera. Incluso si admitiésemos como gobernar esa forma de sostenerse en el alambre, las condiciones políticas de la pasada minilegislatura no son reproducibles en la actualidad. Ni a izquierda ni a derecha. Por el flanco izquierdo, Podemos ha extraído la única conclusión posible cuando bastaron ocho meses de Gobierno para que los socialistas duplicasen en votos a los morados (antes de la moción de censura, ambas formaciones tenían un apoyo muy parecido). La fórmula del 'apoyo externo' al Gobierno solo sirvió para fortalecer a los socialistas.

Cuando se dispone de todo el aparato del poder, cualquier medida aprobada, incluso si procede originalmente de otro partido, se convierte en una medalla que brilla en el cuello de los socialistas. El ejemplo más evidente es precisamente la subida del salario mínimo, una de las medidas que más a menudo repiten los socialistas como logro de sus meses de Gobierno, olvidando que fue propuesta (casi podría decirse que arrancada) por Podemos durante la negociación del proyecto de Presupuestos.

Si Podemos consintió en apoyar sin muchas exigencias al Gobierno de Sánchez fue porque políticamente no podía obstaculizar la labor de un Ejecutivo socialista recién formado, y porque al hacerlo alimentaba entre sus bases la expectativa de que acabaría entrando en el Gobierno. Pero si a Podemos se le cierre la puerta del Ejecutivo (con unos puentes calcinados después de una negociación abrasiva), solo le queda convertirse en oposición. Una oposición de izquierdas que privaría al Gobierno del apoyo de sus 42 diputados.

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Un resultado similar se produce en la derecha: durante los ocho meses de minilegislatura, hubo coincidencias puntuales tanto de PP como de Ciudadanos con los socialistas. Casado negoció un acuerdo (que luego descarriló) para renovar la cúpula del poder judicial, y Ciudadanos votó a favor de la convalidación de varios decretos-leyes. Pero todo fue antes de que la irrupción de Vox y la igualación de fuerzas entre PP y Ciudadanos convirtiesen la competencia política en la derecha en la batalla campal en que ahora se ha convertido, que cierra también la puerta a cualquier colaboración, aunque sea puntual, con los socialistas.

Así que no nos engañemos: un Gobierno socialista en solitario no sería más estable, ni más cohesionado ni más sólido que uno de coalición con la formación de Iglesias. Quizás el Consejo de Ministros fuese una balsa de aceite, pero la confrontación política se desplazaría, multiplicada, al ámbito parlamentario, convertido en un campo de minas para el Gobierno, condenado a estirar todavía más las costuras constitucionales porque ni siquiera sería posible legislar a golpe de decreto-ley, al contar con una mayoría contraria de 190 diputados (los tres partidos de la derecha más Podemos) que haría inviable la convalidación de estos decretos.

¿Qué buscan, entonces, los socialistas, insistiendo en el Gobierno en solitario? Decía Nacho Cardero hace unos días que Sánchez y Redondo se han convertido en dos 'yonquis electorales', feliz expresión para describir a quienes fían todo a su intuición política en las distancias cortas. Sobrevaloraríamos al Gobierno si pensásemos que existe un plan minuciosamente preparado para el resto de la legislatura. El único plan, en mi opinión, es sortear la primera valla, salvar la investidura. Porque los socialistas saben que una vez se produzca la investidura, el control de los tiempos pasa a Pedro Sánchez, ya que sería casi imposible que una moción de censura lo desalojase. Y entonces los tiempos políticos se invierten.

Sánchez puede resistir un año, o dos, en una situación de bloqueo absoluto a izquierda y derecha, y elegir el momento óptimo para acudir de nuevo a las urnas, esta vez sí con aspiraciones de poder gobernar en solitario con una mayoría parlamentaria suficiente.

El Gobierno en solitario de los socialistas es un trampantojo: presupone una realidad política que a día de hoy no existe, que los socialistas puedan gobernar en solitario, armando mayorías a su izquierda o puntualmente a su derecha. Si los socialistas insisten en proponerlo como única salida para evitar la repetición electoral, es porque piensan que les puede servir para saltar la primera valla y a continuación seguir corriendo. Como también les serviría para este mismo fin una abstención en la investidura de PP o Ciudadanos (por ese motivo, insisten también en pedirla, aunque sea con poca convicción y chirríe con el resto del argumentario socialista).

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Pablo Iglesias tiene suficientes colmillos políticos como para que no lo engañen. Otra cuestión, claro está, es que quiera dejarse engañar. Recoger el guante que le acaba de lanzar Sánchez, con sus 370 medidas (por cierto, que los socialistas ofrezcan a otro partido político el “control” de organismos independientes como la Comisión de Competencia, sería un escándalo en cualquier país serio; como el nuestro quizá ya no lo sea, déjenme al menos señalar lo absurdo de vetar la presencia de 'perfiles políticos' en el Consejo de Ministros, pero aceptarlos sin pestañear en organismos técnicos), permitir su investidura sin pedir nada a cambio o (lo que parece más probable) aguantar el pulso hasta el final.

A fin de cuentas, Sánchez ya movió sus líneas rojas varias veces antes de la investidura de julio, y lo que era un 'no absoluto' hace unos días se acaba de convertir, después de la pirotécnica presentación del documento socialista, en aceptar compartir con Podemos “responsabilidades capitales en órganos no supeditados al Consejo de Ministros”. Es lo que tienen los faroles en los juegos de naipes. Que se acaban adivinando.

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