UNA VISITA AL HORROR

ANDRÉS L. JAUME

 

Dado el advenimiento del inminente traslado del cadáver del golpista y dictador Francisco Franco, bien merecía una visita antes de que finalmente fuera sacado de donde jamás debió estar, y eso hice. Y valió la pena, aunque saliera de ahí con las entrañas revueltas y una sensación de asco que todavía perdura.

 Había cola, delante de nosotros una fila de coches de gama alta. Llegamos al aparcamiento. Moteros, coches de gama alta y gente con una estética muy desigual de la que, posteriormente, pudimos ver en El Escorial. A la llegada a la explanada vemos un edificio colosal, entramos en la basílica de clara estética fascista y algo kitsch. Aparecen militares uniformados con sables y medallas. Se trataba de la boda de alguno de ellos. La edificación está en un estado de conservación pésimo con goteras y tinajas metálicas que recogen el agua que se filtra por las paredes de granito. Observamos cómo a la salida de los novios se grita ¡Viva Franco! Una señora le explica a su hijo adolescente que «José Antonio era de izquierdas». Bien es sabido que rehúyo tanto la pretendida superioridad moral de la izquierda –y en especial de la nacionalista- como de la casposa derecha.  En cualquier caso, aquella señora debía tener las categorías muy confundidas, al igual que los militares pertenecientes al ejército de un estado de derecho que ponen frente al imperio de la ley los vítores a un golpista asesino. Sabemos que, afortunadamente, no todos son así. En la universidad nadie lleva la medalla doctoral con el escudo preconstitucional, sin embargo, el uniforme parece que puede usarse en ceremonias militares para vitorear a un asesino.

En el altar, sentados, un monje benedictino con hábito coral y, presumiblemente, un sacerdote castrense hablan, no creo que más de lo divino que de lo humano. Mientras, una decoración que contrasta con lo que luego pudimos ver en El Escorial. El horror granítico que visitábamos y que tenía ínfulas de gran pirámide o burda copia escurialense no ha logrado sobrevivir apenas cincuenta años. Las pirámides ahí siguen. Las dictaduras, las pesadillas, no son eternas pese a que sus pretendidos caudillos «por la gracia de Dios» lo intenten. Tanta prisa tienen en eternizarse que desaparecen sus monumentos por la simple acción de la naturaleza sin necesidad de esperar la mano de la Historia.

 La tumba de quien asesinó impunemente y, como Pinochet, murió en la cama sin juicio ni excomunión, estaba decorada con flores y bajo la atenta mirada de una vigilante de seguridad que intervino tan pronto unos turistas sacaron el móvil. A esa misma señora le pregunté en qué normativa se amparaba la prohibición, a lo que me contestó que ella «cumplía órdenes» y «trabajaba para alimentar a sus hijos». No voy a enjuiciar a la buena mujer, pero sí quiero destacar que ésa era la misma respuesta de muchos alemanes que participaron del horror nazi. Todos ellos «cumplían órdenes». Respondí educadamente que hacía cuarenta años que los españoles no obedecíamos a mandatos gratuitos. Pero parece que el Valle de los caídos es una especie de limbo jurídico e histórico, donde lo único que pasa es el tiempo que, implacable, no va a dejar piedra sobre piedra. Franco debería haber leído más además de no meterse en política, arte que, por supuesto, ignoraba el africanista.

 Quizás no sea el momento más adecuado para remover lo que se tendría que haber pensado hace ya mucho. Tal vez jamás haya un buen momento en las próximas décadas y, con toda probabilidad, las políticas populistas que se siguen una tras la otra, continúen durante mucho tiempo en lo que ya es una clara sociedad de masas. Pero está claro que algo hay que hacer. En primer lugar, exhumar los cadáveres a petición de los familiares. En segundo lugar, evitar que un monumento horroroso como éste se convierta en un lugar de homenaje a quien, sin lugar a dudas, fue un asesino con pretensiones megalómanas para, finalmente, ver qué se hace con semejante construcción.

No hubo movimiento nacional, ni glorioso, ni fatuo, hubo un golpe de estado y una dictadura. Cualquier recuerdo de ese período debe ser resemantizado con el fin de permitir que la Historia señale los caminos que no conviene  volver a hoyar. No parece que los españoles aprendan de la historia, ni tan siquiera los europeos. Italia, Polonia o España abonan la semilla nacionalista de diferentes modos, la misma que sirvió de mecha para las dos guerras mundiales que padeció el pasado siglo XX. El problema ya no será el exilio como patria, sino saber a dónde ir.

P.D. Quien estas líneas escribe, después de cuarenta años de democracia, todavía, antes de mandarlo a publicar, se plantea acerca de su conveniencia. Algo está fallando.

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