UN NUEVO PANORAMA POLÍTICO

CARLOS ELORDI

El Diario

 

 

Los entendimientos entre las derechas, de un lado, y las fuerzas progresistas, de otro, se terminarán imponiendo casi siempre

Las fuerzas independentistas o soberanistas han crecido en ambos territorios. Ningún gobierno puede seguir ignorando esa realidad

Ciudadanos es el primer responsable de la caída del PP. Pero no ha logrado desbancarle de la primacía de la derecha

 

No cabe aventurarse a predecir cómo será el mapa final del poder autonómico y municipal. Faltan aún dos semanas de negociaciones para fraguar los pactos que decidirán qué partido se hará con las muchas presidencias regionales y las alcaldías que aún están en el aire. Seguramente habrá alguna sorpresa, pero los entendimientos entre las derechas, de un lado, y las fuerzas progresistas, de otro, se terminarán imponiendo casi siempre. No es previsible que ninguno de los partidos de ámbito estatal rompa esa lógica, salvo en casos puntuales. De ahí que ya se pueda hacer una valoración global de las dos elecciones que han tenido lugar en el último mes.

 

El dato más sobresaliente de ese análisis es la primacía del PSOE. Ninguno de los resultados significativos contradice ese designio, con la excepción de Aragón y de Madrid, ciudad y región, aunque en este último caso el factor decisivo del fracaso haya que atribuirlo particularmente a la división de la izquierda y la desmovilización que ha provocado. En el resto de las autonomías y localidades importantes en liza, el PSOE ha crecido o ha mantenido sus posiciones previas.

 

 

Cataluña y el País Vasco son harina de otro costal. Como ha ocurrido siempre. Con la diferencia de que en esta ocasión las fuerzas independentistas o soberanistas han crecido en ambos territorios. Ningún gobierno puede seguir ignorando esa realidad. Hay que escuchar a los nacionalistas vascos, pero sobre todo a los catalanes. Que dentro de unos pocos meses, cuando salga la sentencia del procés, pueden sufrir un duro golpe al que van a reaccionar con fuerza. En Cataluña está el primer problema del futuro gobierno.

 

Con esa inquietud por delante, el PSOE sale pues triunfante de las dos jornadas electorales. Mientras todos los demás partidos de ámbito estatal pierden algo, algunos mucho. Ese dato es tan significativo como el éxito socialista y lo refuerza.

 

El PP ha perdido la mitad de los escaños que tenía en el Congreso, casi dos tercios de los del Senado y cerca de un tercio de sus consejeros autonómicos y concejales en las ciudades de más de 50.000 habitantes. Su patética victoria en el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid no compensa para nada ese desastre, por mucho que sus corifeos mediáticos y la camarilla de Pablo Casado se empeñen en transmitir lo contrario.

 

La crisis del PP sigue por tanto abierta y puede agravarse en cualquier momento. A los miles de cuadros populares marginados por el congreso de hace un año se han sumado los más de sesenta congresistas y casi otros tantos senadores que se han quedado sin escaño y sus equipos. Algún día esa gente hará valer su decepción y su enfado.

 

Es cierto que en Galicia se ha llevado un buen batacazo Alberto Núñez Feijoo, el que se supone que es el primer rival de Casado por la presidencia del partido. Y que otros críticos de la dirección han salido muy mal parados, especialmente Alfonso Alonso. Pero eso no les va a callar, como ya se ha empezado ver. El presidente andaluz Juan Manuel Moreno también ha mostrado su inquietud. Y la experiencia apunta a que cuando se den las condiciones para un cambio de liderazgo, aparecerán nombres nuevos para hacerse con el cargo.

 

Tras dos malas campañas electorales en las que ha sido incapaz de ofrecer un discurso coherente y ha incurrido en graves contradicciones, Pablo Casado no tiene la fuerza ni la personalidad política necesarias para revertir esa situación. Con un ligero aumento de votos respecto de las generales y gracias a lo ocurrido en Madrid ha evitado que lo echaran la noche misma del 26 de mayo. Pero sigue al borde del precipicio. Parece que sigue negándose a alejarse de su mentor José María Aznar y ese es otro de los indicadores de su debilidad. Y si Vox se niega a apoyar los pactos entre el PP y Ciudadanos, hipótesis improbable pero no del todo descartable, se despeñaría sin remisión.

 

Ciudadanos es el primer responsable de la caída del PP. Pero no ha logrado desbancarle de la primacía de la derecha. Y eso es muy grave para el partido de Albert Rivera. Sobre todo porque ha puesto toda la carne en el asador para lograrlo y particularmente una derechización extrema e su discurso de la que le va a ser muy difícil deshacerse. Tendrá que pasar bastante tiempo para que Ciudadanos pueda emprender un giro hacia el centro y no está claro que Rivera pueda encabezar ese cambio de rumbo.

Como líder omnímodo del partido, y callando no pocas voces críticas, optó hace algo menos de un año de tratar de ser más de derechas del PP para hundirlo definitivamente. Se equivocó. Y hoy, aún con 57 diputados, se ha quedado sin proyecto de futuro. Si como parece bastante seguro se alía con el PP para afianzar el poder municipal y autonómico de la derecha se convertirá en un adlátere del partido de Génova. Y no digamos si Vox entra en ese pacto. Un entendimiento con el PSOE parece imposible cuando menos en el horizonte de uno a dos años. Y si algún día eso se produce, terminará siendo algo parecido a un acólito de los socialistas. Ciudadanos tiene el futuro gris, por no decir negro.

 

Vox ha perdido peso. Y bastante. Y, sobre todo, parece que ha pasado su momento, el de la indignación de una parte de la derecha. El derechismo del PP y de Ciudadanos ha tranquilizado a una parte del electorado potencial de Abascal. Pero su partido tiene 23 diputados en el Congreso y unos cuantos concejales. Y no parece dispuesto a tirar la toalla. La duda está en que su necesidad de no renunciar a un futuro puede llevarlos a romper la baraja y no pactar con Casado y con Rivera. Han amagado con esa posibilidad, pero lo más probable es que no se atrevan a tanto. Y que acepten resignados esperar tiempos mejores. Que puede que no lleguen. Pero, con todo, el partido que más difícil lo tiene es Podemos. Perdió casi el 30 % de sus votos en las generales y ha caído aún más en las elecciones del pasado domingo. Su presencia se ha reducido, y mucho, en todas las autonomías y principales ayuntamientos, salvo el de Cádiz. Buena parte de sus votos perdidos han ido al PSOE, otros a la abstención. El artículo que Alberto Garzón publicaba el martes en este periódico indicaba además que Izquierda Unida puede estar empezando a cuestionarse el futuro de Unidas Podemos.

Aparte del daño interno y externo que han producido muchas de sus iniciativas y reacciones, Podemos se ha quedado sin una propuesta política clara y sin muchos de sus más destacados dirigentes. Mantiene, sin embargo, un capital: el de sus 42 diputados, que el PSOE necesita para gobernar.

 

Está claro que Pedro Sánchez no quiere ministros de Podemos en su futuro gabinete. Está también claro que, al menos por ahora, los socialistas quieren imprimir, sin pasarse, un sesgo de izquierdas a su política. Entre esos dos extremos está el espacio de maniobra en el que Pablo Iglesias tendrá que encontrar el acuerdo posible con el PSOE. Que parece inevitable. Porque una ruptura de relaciones llevaría a una nueva convocatoria electoral. Que tal y como están hoy las cosas sería poco menos que un suicidio para Podemos.

 

Utilitzem cookies pròpies i de tercers per millorar l'experiència de navegació.
En continuar amb la navegació entenem que acceptes la nostra política de cookies.