TIEMPO DE REBAJAS

Han empezado las rebajas. Cierto, hay un gran consenso sobre el cambio producido respecto a las que, empezando al unísono, captaban la atención de unos consumidores que habían esperado a poder comprar los mismos productos a precios sensiblemente más bajos. Todo ha cambiado. Pero las rebajas que parecen haberse instalado, y con fuerza, son de otra naturaleza y de efectos terriblemente nefastos para nuestra democracia: las que afectan a principios, derechos y libertades que creíamos haber adquirido, conquistado y asumido para siempre y que ahora corremos el riesgo de ver tambalear, restringir o incluso perder.

Son muy evidentes los síntomas que apuntan en los últimos tiempos no sólo a una menor tolerancia sino también a una mayor restricción de la libertad de expresión. Pero la llegada de Vox a la arena política ha sacudido con fuerza otros consensos que, adoptados con mayor o menor convicción por algunas formaciones políticas tradicionales, parecían ya inmutables: las políticas ­para la erradicación de la violencia de género, las políticas LGTBI, la re­gu­lación del aborto como derecho o las políticas de memoria histórica. Sin ­olvidar los derechos de las personas ­inmigradas.

Vista la contundencia del documento de propuestas presentado por Vox en el marco de la negociación para la formación del gobierno andaluz, el acuerdo firmado por el PP y Vox –y tolerado por Cs– puede parecer que deja de lado muchas de esas demandas, aunque supone indudablemente un terrible paso atrás y hace entrever muchos más, dada la posición de fuerza de esta formación. No olvidemos que Andalucía puede ser un ensayo de lo que podría suceder tras las elecciones de mayo en otras insti­tuciones, desde municipales a autonómicas y europeas.

Esta semana Antón Costas refle­xionaba en su artículo “El pesimismo está sobrevalorado” sobre su impacto en el auge de los populismos auto­ritarios y en cómo frenarlos. Afirmaba que no se trata de una ideología política ni económica sino una estrategia para la toma del poder y que, para frenarlos, no bastan simples cordones sanitarios ­defensivos mediante coaliciones de ­gobierno que los excluyan, sino que hay que luchar contra su caldo de cultivo –el pesimismo instalado en la percepción de muchas personas– a través de programas político-económicos que devuelvan la esperanza a la sociedad.

Para ello todos los demócratas debemos implicarnos. No hay lugar para observadores pasivos. No se puede desaprovechar ni una sola ocasión para buscar consensos y recursos para implementar esas medidas de las que hablaba Costas. Y está claro, hay que levantar la mirada del cortoplacismo y del regate corto demasiado habitual en política. Albert Camus sostenía que la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas. Ojalá no tengamos que darle la razón una vez más.

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