PSOE, PROGRAMA GANADOR SI….

IÑAKI GABILONDO

Cadena Ser

 

 

Soy un pelmazo con eso de recordar los años treinta europeos, pero de momento no voy a cejar, no quiero acostarme el 28 del mes que viene, con la sensación de que debería haber hecho más.

Este año se cumple el centenario, de la primera constitución democrática alemana, que se debatió y aprobó en Weimar. A razón de ello, Ramelow, el Presidente de Turingia, ha dicho: “Lo que sucedió en Weimar no es banal”. Su argumento es que quien no quiera saber nada de Weimar, no sabrá defender bien la actual República Federal. Luchar por la democracia – ha dicho también Merkel – es obligación de cada generación. Cuesta imaginar algo que sea más cierto.

Es propio de los pueblos poshistóricos ¿lo somos ya nosotros? mantener una cierta indiferencia hacia el pasado, una “enojé” o “epoché” propia de los escépticos. Pero no sólo por esa transformación de la siginificatividad histórica en olvido. También por la aspiración a pensar el presente desde el conservacionismo, como si sólo estuviera a nuestro alcance la serena pulsión de permanecer, desconfiando de todo proyecto histórico de futuro.

A todos los que, aún a día de hoy, se quejan de nuestro actual sistema democrático, les recomendaría que se repasaran la historia de los últimos días de la República de Weimar. Y todo aquel que sigue con fervor a cualquier líder radical, que recuerde lo que le pasó a Alemania, por ello.

Nos recordaba el otro día José Luis Villacañas (catedrático de Filosofía en la Complutense) que sólo se puede ser un pueblo poshistórico, si de alguna manera se es un pueblo histórico. Es muy posible que la función de la historia, sea librarnos del pasado, despedirnos de él, elaborar el duelo, desprendernos de sus ilusiones.

Esa liberación no es fácil, pero sin ella no comprenderemos bien, de que va eso de la libertad. Si administramos mal la historia, si la manipulamos a conveniencia, sufriremos patologías varias: melancolía, brotes de impotencia y otros de omnipotencia, excentricidades y excitación, mucha excitación a destiempo, pero a todas horas.

La Constitución de Weimar, surgió de la conciencia de un mundo, en el cual ya no existía el suelo firme de una autoridad absoluta. Nada nos confirma mejor este hecho – nos recuerda Villacañas - que la voluntad de Carl Schmitt de fundar la “teología política”, para recrear el prestigio sagrado que tuvo el Estado, cuando lo presidía el kaiser. Conscientes de que ya no podían apelar a una instancia absoluta, los legisladores de Weimar forjaron la instancia del “consenso” (mucho me suena eso) para establecer una constitución, un marco legal, en el que cupieran los puntos de vista contrapuestos.

No es verdad, como con frecuencia se ha dicho, que Weimar no tuviera una idea política. Y tampoco es cierto que no tuviera republicanos, aunque no tantos como hubiera sido deseable. La deriva de Weimar debería haber servido de toque de atención a nuestra Segunda República. Pero debe ser muy difícil escarmentar en cabeza ajena. Nuestros constituyentes de 1931, no calibraron bien, el peligro de dejar fuera del texto constitucional, a gran parte de la derecha. No se tuvo una idea cabal, de la importancia primordial del consenso. Es más, algunos líderes parecían regodearse, señalando la marginación de la, en aquel momento, minoría parlamentaria. “España ha dejado de ser católica”, proclamó Azaña.

Y sí, recordemos Weimar estos días, en los que lo que parece imponerse es el disenso, la excitación del enfrentamiento, cualquier cosa menos el diálogo y el pacto.

Pues eso.

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