¿Por qué ‘La Manada’ teme (y odia) a las mujeres?

La agresión es un acto decidido y destaca su carácter de cobardía moral, como prueba que se practique en grupo

José R. Ubieto

Manada y agresión sexual parecerían tener una conexión automática. Como si la violación cometida fuera efecto de una especie de instinto gregario, programado genéticamente como ocurre en los animales. De ahí su apodo: La Manada.

Pero lo cierto es que no se trata de ningún mecanismo involuntario ni predeterminado. La agresión es un acto decidido y por tanto plenamente imputable. Destaca su carácter de cobardía moral, como prueba el hecho de practicarse en grupo, preservando el anonimato hacia la víctima y usando drogas para borrar la conciencia o disminuir la resistencia de esta.

¿Qué teme la manada que la empuja a actuar así y dar la cara sólo entre sus amigos y “palmeros”? Parece obvio que su principal temor es el encuentro a solas con el otro sexo, con ese goce
diferente que la mujer, por su alteridad, encarna. Aquí ya no sirven las “complicidades” entre machos, ni la fraternidad que nos iguala ilusoriamente. El otro sexo es justamente “otro” por su diferencia y por lo que nos cuestiona de nuestra propia manera de hacer.

En la adolescencia surge una fórmula para no afrontar en solitario esta dificultad de relacionarse con el otro sexo. Es allí, al calor del grupo, que nos iniciamos en muchas prácticas relacionadas con la “domesticación” de ese nuevo cuerpo exigente: consumos, bailes, riesgos y por supuesto el sexo. El grupo acoge y reconforta al sujeto que se siente solo, y con cierto temor sobre si será capaz o no de dar la talla y atravesar ese pasaje al mundo adulto. A veces lo hace a costa de manipular el cuerpo del otro y dejar el suyo a resguardo. Es el caso del acoso escolar u otras violencias, donde el grupo se cohesiona frente a un chivo expiatorio.

Para la mayoría, la pandilla es un buen refugio que les ayuda a emanciparse e incluso la conservan a lo largo de los años. Para otros, pocos afortunadamente, el grupo se instala como la única fórmula para transitar la vida, incapaces de hacer frente en solitario a las dificultades habituales. Y en estos casos, ese grupo puede “fortalecerse” en torno a una especie de tótem que los preserva: la manada es un pacto sagrado que les hace olvidar sus temores particulares y sus debilidades, para elegir un chivo expiatorio en el exterior. Aquí ya no se trata, como en la adolescencia, de un impasse, de una falsa salida temporal. Ahora es una decisión adulta y una voluntad de goce firme.

Esa represión, ese no querer saber de su historia particular, es lo que cuaja en ellos el odio de sí mismos, eso que en lo más íntimo les resulta insoportable (ser débiles), para proyectarlo en las mujeres a las que acosan y violan. No es por nada que, más allá de la satisfacción sexual obtenida, lo que siempre destacan, en sus testimonios orales o visuales, es el desprecio por ese cuerpo violentado. Se encarnizan en rebajarlo y degradarlo a su condición de objeto, lo desnudan, sobre todo, de su condición de persona y de su dignidad. Sólo así pueden evitar confrontarse ellos mismos a su propia impotencia y a la angustia que eso les generaría.

Por eso, prevenir estas falsas salidas en la adolescencia implica ir más allá de los sermones moralistas y ayudar a los adolescentes, uno por uno, a ir construyéndose su propia salida. Eso exige conversar abiertamente con ellos, cara a cara, en casa y en el instituto.

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