LOS REFUGIADOS Y EL POPULISMO

FRANCESC MICHAVILA

 

 

La llegada de refugiados ha impactado en la vida cotidiana de los europeos como pocas otras circunstancias desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Modos de vida distintos, o incidentes aislados, causan inquietudes. Ha surgido una vez más esa actitud que de tiempo en tiempo sacude la vida plácida de los pueblos: el miedo a lo desconocido o la tendencia a buscar culpables de nuestros males o conflictos en aquellos que llegan de fuera.

Un tiempo convulso, con guerras interminables o con desigualdades crecientes, ha causado desplazamientos de millones de personas de unos países a otros. Unos, los refugiados, para huir de persecuciones, étnicas o religiosas, o de guerras salvajes. Otros, los migrantes, a la búsqueda de una vida menos mísera. Según ACNUR, a principios de 2018 había más de veinticinco millones de refugiados, de los cuales seis provenían de Siria. Aunque nosotros los europeos podamos percibir el fenómeno como propio, la mayoría son acogidos por países en desarrollo: un 85%, de los cuales 3,5 millones en Turquía.

Si bien este fenómeno sigue ahora ocupando muchos de los titulares periodísticos, los datos de Eurostat muestran que las solicitudes de asilo en los países europeos descienden con el paso del tiempo. Si en 2016 fueron 1.259.265, en 2017 bajó a 704.630 y el año pasado descendió más aún: 637.895. De ellas el 8% se cursaron en España, mientras que Alemania triplicó esa cifra, o Francia la duplicó ampliamente. Esta tendencia descendente en las peticiones de acogida se ha debido fundamentalmente a la política europea de blindaje y externalización de fronteras de la Unión Europea. Pero las cifras más destacables, por su valor dramático, se refieren a las personas que pierden la vida en su intento de llegar a nuestra Europa a través del Mediterráneo en busca de una vida más digna: 2.299 el pasado año.

No cabe duda de que hay diferencias culturales y en el modo de vida entre los europeos y los que llegan de otras latitudes. Nadie puede negarlas. Pero el rechazo que a veces produce su llegada no proviene de que sean distintos. Molesta la pobreza. A los humildes, a los desheredados, es como si se les culpase de serlo y se les pretendiese marginalizar y aislar. Cuando traspasan las fronteras europeas parece que estuviese vigente para ellos aquel anuncio que Dante situaba a la entrada del Infierno en la Divina Comedia: Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate («abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis»). Lo cierto es que en el 2015 los refugiados que huían principalmente de la guerra en Siria fueron apaleados en Hungría. Merkel, con grandeza de espíritu, abrió las puertas de Alemania para acogerlos. Macron dijo: «Merkel salvó ese día el alma de Europa». Tenía razón. Luego, en Nochevieja, en Colonia bastantes desalmados, en su gran mayoría refugiados, causaron numerosas agresiones a mujeres alemanas. Su efecto fue demoledor.

El descontento empezó a crecer desde ese momento y dio pie al auge del populismo y la xenofobia, que amplificaron el malestar de la crisis económica y la vincularon con la llegada de personas indeseables; ciertas fake news magnificaron lo que eran casos puntuales. Incluso, líderes ultraderechistas españoles han afirmado recientemente que refugiados e inmigrantes son portadores de peligrosas enfermedades contagiosas.

Ocurre que los refugiados son de muy diverso origen. Unos, cultos, han perdido todo a causa de la guerra; otros, sólo buscan en nuestra Europa la posibilidad de una vida mejor. Lo cierto es que ni unos ni otros vienen a quitar el trabajo a nadie y solo acceden a los empleos menos cualificados y más precarios.

Tampoco debemos olvidar que España fue país de origen de refugiados y de emigrantes –como también lo fue en su momento Italia--. Cientos de miles de españoles tuvieron que huir de España tras la Guerra Civil a causa de la terrible represión que se cernía sobre ellos. Todos tenemos horas dramáticas y páginas negras en nuestra historia.

El Sur es el principal sufridor europeo de los problemas descritos pero el asunto no es propio de un país en particular. Es una cuestión que ha de recibir una respuesta europea. Incluso mundial, pues como dice Chomsky «la crisis de los refugiados es la crisis moral de Occidente». Pero España, Italia y Grecia la sufren con especial intensidad.

Se trata de llevar a la práctica el principio, desarrollado por Macron en el discurso de la Sorbona, sobre La Europa que acoge, para ayudar a aquellos que huyen de la catástrofe o la miseria, según los valores europeos y el aprecio por la diversidad. Es necesaria una política común de la Europa unida, donde las cuotas de refugiados por países se cumplan, por razones de solidaridad y fraternidad. Hace falta un programa común europeo de acogida de refugiados y de migrantes. Para ello se ha de dotar de mayor poder político a las instituciones europeas.

Los refugiados no son una plaga que combatir. Su llegada puede ser beneficiosa para todos. Por una parte, aprovechar sus conocimientos y que ellos rehagan sus vidas y, por otra, que nos ayuden a combatir nuestros déficits demográficos.

Hay políticas concretas y sencillas para mejorar la situación. El Consejo de Europa lleva a cabo desde 2017 un interesante proyecto destinado a la elaboración de un pasaporte europeo de cualificaciones para los refugiados. En mi condición de Consejero de Educación, en representación española ante el Consejo de Europa, tuve el privilegio de participar en debates e iniciativas al respecto. Se trata de permitirles desarrollar su profesión, aunque no puedan mostrar un diploma acreditativo, midiendo sus competencias. En una reunión del Comité de Política Educativa del Consejo, recordé a los colegas europeos un caso análogo: la llegada a México de los exiliados republicanos españoles. El presidente Lázaro Cárdenas tuvo visión y generosidad al permitirles el ejercicio profesional con una fórmula análoga.

La cuestión, en definitiva, se sitúa en elegir entre el egoísmo y la generosidad, sin máscaras ni retóricas autoindulgentes. Una adolescente de 16 años sueca, Greta Thunberg, está dando una lección al mundo de cómo no sucumbir ante poderosos intereses creados.

 

*Rector honorario de la Universitat Jaume I

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