La hora de la verdad

 

Ha llegado la hora de la verdad para el Brexit, la salida de Reino Unido del conglomerado de la Unión Europea (UE). Y con tintes dramáticos. Puede suceder casi cualquier cosa. El acuerdo de principio técnico entre los negociadores continentales y el Gobierno de Theresa May sobre el texto que debe organizar esa retirada ha levantado una ola de protestas, políticas más que sociales, en la isla.

Entre los euroescépticos más radicales, se ha suscitado una segunda tanda de dimisiones gubernamentales (tras las de Boris Johnson y David Davis), entre ellas la (no por esperada menos simbólica) del ministro encargado de negociar el Brexit, Dominic Raab. Para ellos, el pacto de May es un acto de vasallaje a Europa: tendrá más deberes que derechos. Entre los europeístas, en cambio, arrecia la artillería de críticas al acuerdo y la insistencia en la necesidad de un segundo referéndum que enmiende errores pasados. Para ellos, cualquier pacto prefigura menos beneficios que la pertenencia completa al club comunitario.

Es esta la hora de la verdad porque termina la apariencia de una negociación Europa-Reino Unido y sale a flote lo que escondía: un diálogo doméstico sin salida, un enfrentamiento tribal interno entre los propios británicos. Ahora ya no podrán escudarse en subastas de peticiones imposibles o en atribución de culpas a la burocracia de Bruselas. Ahora, los dirigentes de Reino Unido deben decidir por sí mismos: o secundan el Brexit suave, al que se ha resignado May, que se resarciría así de tantas penalidades, o el Parlamento le deniega una moción de confianza, lo que desencadenaría una convocatoria de elecciones generales anticipadas.

Esto podría redundar en una victoria del indeciso y ambiguo Partido Laborista, que se ha comprometido —a su pesar— a convocar un segundo referéndum. Si se produjese, no sería extraño un acotado, aunque seguramente no masivo, vuelco en favor del retorno al proyecto europeo, con lo que se volvería al punto de partida.

La rapidez y contundencia de las reacciones contrasta con el detallismo de las 585 páginas del acuerdo, que merecerían al menos una actitud más reposada para analizar con exactitud todos sus extremos, sobre todo por parte de sus principales afectados, los británicos.

Pero no ha sido así. En una aproximación sucinta, basta señalar que los negociadores de la UE se han mantenido firmes en todos los requerimientos que los 27 les hicieron en distintas ocasiones. Lo que no les ha impedido dispensar suficiente flexibilidad para realizar algunas concesiones. A primera vista, más de calendario y procedimiento que sustantivas.

Por eso, desde la perspectiva europea importa su orientación general tanto como los detalles. Y el impacto ya cosechado. Así, en caso de consolidarse el tambaleante liderazgo de May, las concesiones más bien cosméticas ya realizadas deben pavimentar un Brexit —aunque sea siempre negativo— sin más sorpresas ni perjuicios. Pues un no acuerdo sería siempre peor, por disruptivo, que un pacto, incluso mediocre.

Y si, en cambio, Reino Unido se zambulle en una vorágine de caos nadie podrá imputar a Europa una tentación de ruptura, nadie podrá usarla como chivo expiatorio de sus propios errores. Porque ya se ha mostrado dispuesta a firmar un acuerdo que no le seduce.

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