CON JOSEP BORRELL ("SERRÍN Y ESTIÉRCOL")

JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS

 

 

Con la tranquilidad que le caracteriza, a la que acompaña siempre la agudeza, Josep Borrell calificó ayer los insultos de Gabriel Rufián de “serrín” con “estiércol”. Fue la suya una metáfora apropiada después de que el diputado de ERC —que es exactamente lo que parece que es— le injuriase, mucho más allá de proferir un calificativo abrupto en el calor del debate parlamentario. Dijo Rufián del ministro de Asuntos Exteriores que es el más “indigno” de los que ha habido en la democracia española y le acusó —lo que para el republicano es imputación gravísima— de pertenecer a Sociedad Civil Catalana, que sería en su roma opinión una organización de “extrema derecha”.

Acabó expulsado del hemiciclo en una decisión de Ana Pastor con un solo precedente, y que compensó así su errónea decisión de retirar del diario de sesiones las expresiones “fascista” y “golpista” que se dedican entre sí diputados de bandos opuestos. Nuestra estimada presidenta del Congreso no solo debe ponerle voluntad a su función de ordenar los debates parlamentarios sino también acierto. La realidad no está en los documentos parlamentarios sino en la calle y en las hemerotecas. Y, de vez en cuando, en los vergonzosos —como el de ayer— espectáculos que nos ofrecen nuestros representantes públicos.

Josep Borrell no solo tendrían que defenderle los suyos —que algunos lo hicieron con renuencia— sino cualquier ciudadano que se sepa y se sienta demócrata. Porque el ministro de Asuntos Exteriores —cargo que en su biografía es casi una anécdota en comparación con otros muchos de sus méritos— es uno de los más auténticos representantes de una izquierda nacional que Sánchez incrustó en el Consejo de Ministros para asegurarse una dosis de la ortodoxia ideológica que todo presidente necesita.

Borrell actúa en el PSOE como la malla que evita el estrangulamiento de una hernia en el cuerpo ideológico del partido que fundara Pablo Iglesias. Si algunos socialistas no dispusiesen de referentes como el de este catalán recio y brillante, acabarían creyendo que España es lo que se inventan los nacionalistas vascos y catalanes que es. Versionan nuestra historia con el mito nativista y, por lo tanto, reclamante de la autodeterminación poscolonial. Y por ahí Borrell no pasa.

La insolidaridad para con Josep Borrell es, a veces, resentida. Que el catalán sea ministro de un Gobierno presidido por Pedro Sánchez al que votó el grupo parlamentario de Rufián debería sugerir que el secretario general del PSOE algo ha hecho bien, como fue sentar en el Palacio de Santa Cruz al inteligente expresidente del Parlamento Europeo, uno de los contradictores más eficientes del separatismo en Cataluña.

Porque Rufián no le falta a Borrell por ministro, sino por catalán traidor a la causa de la tribu, sin darse cuenta de que el 'salto' genético que Torra detecta en los españoles no catalanes seguramente lo padece mucho más él que el catalanísimo Josep Borrell, un jacobino ilustrado por el que ha pasado provechosamente la Revolución francesa, mientras otros muchos de sus paisanos siguen en el alto medievalismo.

Cuando a un tipo como Josep Borrell le insultan —¿le amagaron con un escupitajo?— en vez de intercambiar con él argumentos, por afilados que resulten, es que se ha impuesto la zafiedad sobre las capacidades intelectuales y todo deriva en la dominación del parlamentarismo por los jabalíes, de los que Rufián es el exponente menos sofisticado; otros lanzan improperios con más donaire y naturalidad, como si desgranaran una letanía de descalificaciones, pero tampoco hay que creer que sean moralmente mejores.

Otras veces he escrito que la estética —también la verbal— es la ética del comportamiento. No es posible volar alto en la política con discursos tan rasos. O, en palabras de Borrell, no puede hacerse parlamentarismo decente si se expande en el hemiciclo “serrín con estiércol”. Lo que ayer ocurrió en el Congreso no es una anécdota. Es un síntoma categórico de la calidad villana de nuestra política, en la que concurren demasiados acomplejados que se desinhiben con el improperio, necios irresponsables que se desembozan a sí mismos escribiendo mensajes (o reenviándolos) que atentan contra la decencia democrática, dirigentes que toman decisiones circunstanciales y las cambian en función del momento o la conveniencia y líderes que se abstienen de ejercer sus facultades confiando que tras la tempestad vendrá la calma. Puro relativismo.

Nuestro sistema no aguanta la prueba de esfuerzo a la que lo está sometiendo Pedro Sánchez, pero tendría un tirar si, al abrazo náufrago del presidente al sillón de Moncloa, los demás le respondiesen con responsabilidad y, sobre todo, con una cierta excelencia intelectual y dialéctica. En esta mediocridad generalizada, Josep Borrell es una honrosa excepción porque él es capaz de detectar “el serrín con estiércol” en donde otros solo ven su función —gestora o representativa— como un recurso alimenticio, como un botín o como un agotador 'crescendo' sectario

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