BOLSONARO, PRESIDENTE DE BRASIL. VICTORIA DEL NACIONALISMO ULTRACONSERVADOR, NOSTÁLGICO DE LA DICTADURA

ANDY ROBINSON

Corresponsal de La Vanguardia en Río de Janeiro

 

 

Con la victoria del candidato de extrema derecha Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales celebradas ayer en Brasil, la ola de nacionalismo ultraconservador que arrasa por Estados Unidos y parte de Europa llega definitivamente a América Latina.

El capitán en la reserva Bolsonaro, que ha hecho campaña prometiendo erradicar la corrupción y combatir la violencia en las calles, ganó con el 55,6% de los votos frente al 44,4% de Fernando Haddad, el candidato del Partido de los Trabajadores, cuando estaba escrutado más del 92% de los votos. A Bolsonaro lo acompañaron en la victoria sus candidatos en las elecciones a gobernador en los estados de São Paulo y Río de Janeiro, los más importantes del país.

Pocos analistas detectaron las verdaderas dimensiones de la rebelión bolsonarista, y hasta hace un mes se creía muy poco probable que el exmilitar pudiera imponerse al candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, en la segunda vuelta de las presidenciales tras su victoria con el 46% de los votos en la primera vuelta. Pero hacía tiempo que se palpaba en las calles brasileñas, y aún más en las desquiciadas redes sociales, la misma rabia y hartazgo con la élite política que impulsaron al poder a Donald Trump y que han socavado también la Unión Europea.

Bolsonaro y su equipo, compuesto por sus tres hijos, han sido asesorados por el senador republicano de Miami Marco Rubio y por Steve Bannon, el gurú de la nueva derecha y asesor de Trump.

Al salir los resultados de pie de urna estallaron fuegos artificiales en diversos barrios de Río de Janeiro. Los seguidores del polémico candidato, que ha defendido la tortura de la dictadura militar (1964-84) además de manifestar actitudes fuertemente misóginas y homofóbicas, se dirigieron a su casa en el distrito playero Barra de Tijuca de Río de Janeiro, donde el candidato ha organizado su campaña desde que fue apuñalado en un mitin a mediados de septiembre.

Bolsonaro, sin embargo, es el síntoma de una crisis de legitimidad de las instituciones, tras una profunda recesión económica y una implacable y, según sus críticos, selectiva investigación de la corrupción que ha supuesto el encarcelamiento del presidente más querido y ahora más odiado de la historia reciente, Luiz Inácio Lula da Silva. “El mundo es complicado en estos momento, pero Brasil lo es mucho más”, dijo Marcelo Neri, investigador social de la Fundación Getúlio Vargas en Río. “De los 124 países que estudiamos, Brasil es el segundo más violento, el segundo en desconfianza en el sistema electoral y en el gobierno federal y entre los primeros en desigualdad”. Increíblemente, Brasil, bajo los gobiernos de Lula, había alcanzado el puesto número uno de satisfacción en la vida y el futuro.

Sólo el ejército ha sobrevivido en la hoguera de la credibilidad institucional. Bolsonaro, un excéntrico demagogo, excapitán de los paracaidistas, considerado una figura ridícula durante décadas en las que ocupaba su escaño en un Congreso corrupto, ha sabido rentabilizar esa excepción al desgaste general.

El nuevo vicepresidente será efectivamente un militar, el general Hamilton Mourao. “Ahora Bolsonaro tiene una oportunidad para avanzar con la agenda reformista que el gobierno de Temer no ha podido implementar”, dijo Neri. Pero “todo dependerá de si unifica el país o lo divide”.

Bolsonaro amenaza con expulsar a “los delincuentes rojos” y “borrar del mapa” a organizaciones de defensa del medio ambiente y los derechos civiles. “Si opta por ir por este camino, en un país con mucha violencia social, será muy peligroso”, opina Neri.

En muchos sentidos estas elecciones, más que una valoración de programas de gobierno, han girado en torno a la valoración de dos políticos, Bolsonaro y Lula. Haddad intentó sin éxito cuadrar el círculo de ser el candidato de Lula, encarcelado por corrupción y sin posibilidad de optar a la presidencia, y ser, asimismo, el candidato de la renovación del PT. Es esta extraña esquizofrenia en torno a Lula –que lideraba los sondeos– lo que dará materia de reflexión durante mucho tiempo a los historiadores de Brasil.

El programa de Bolsonaro pretende elevar drásticamente el gasto en las fuerzas policiales y paramilitares para combatir el crimen organizado así como legislar el derecho a la posesión de armas de todos los ciudadanos. “Quiere armar a la población para crear más espacio para la policía para librar una guerra más grande en las favelas”, sostiene Luis Eduardo Soares, autor del libro sobre la guerra en las favelas que inspiró la película Tropa de élite. “Creo que vamos a tener una fuerte intensificación de la represión y constantes estados de emergencia”. Más de 13.000 personas murieron entre el 2013 y el 2016 víctimas de balas policiales. Gran parte del apoyo electoral a Bolsonaro se explica por la subida fuerte de la inseguridad en los últimos años tras años de mejora con Lula.

Bolsonaro pretende privatizar activos públicos por valor de 150.000 millones de reales (casi 4.000 millones de euros) con el fin de reducir la deuda pública brasileña, que se acerca al 80% del PIB. Al mismo tiempo, Bolsonaro criminaliza a las organizaciones como el Movimiento de Trabajadores Sin Tierra y recortará el apoyo a la sociedad civil. También tasará las carreras universitarias rompiendo con el principio de educación gratuita que ha sido sagrado en Brasil.

Joao Doria, el exalcalde de São Paulo que adoptó políticas violentas contra los indigentes y los drogadictos, ganó la gobernaduría del estado con el 52% de los votos, mientras que Wilson Witzel, un bolsonarista desconocido hace sólo dos meses, se impuso al exalcalde de Río de Janeiro Eduardo Paes, que ha sido víctima del aniquilamiento de los políticos vinculados a pasados gobiernos y que se ven identificados con la corrupción ­endémica.

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