AGONÍA Y RESURRECCIÓN DEL DOCTOR MORENO

El infectólogo Santiago Moreno ha pasado tres pandemias en 59 años. Se enfrentó al sida en los tiempos oscuros en los que los pacientes fallecían sin tratamiento. En 2020, la covid-19 le ha colocado a él al borde de la muerte. También ha dado la vuelta a su hospital, el Ramón y Cajal de Madrid, donde ejerce como jefe de servicio de Enfermedades Infecciosas. Este es el diario, contado en primera persona, del viaje transformador de un hombre que se resiste a no dar un abrazo.

 

25 de enero

Por lo que sabemos hasta ahora, parece muy poco probable que el nuevo virus de Wuhan llegue a ser un problema serio en España. Las noticias que llegan de China es que tiene una escasa mortalidad, de un 1%, y ocurre en personas de edad avanzada, con enfermedades de base importantes, y que fuera de ahí no pasa nada. Ni siquiera parece tan peligroso como el de la gripe. El SARS y el MERS, tan amenazantes, desaparecieron. De todas formas, estamos atentos.

 

 

9 de marzo

Ya han ocurrido los primeros casos en España. Los compañeros de Italia nos alertan. “No os confiéis, no podéis imaginar la que se nos está montando aquí en nada de tiempo”, nos dicen. “Mucho cuidado con la UCI. Mucho cuidado con los ventiladores. Tenemos que estar decidiendo a qué pacientes le podemos poner el respirador y a qué pacientes no, estando igual de indicado”. En el hospital hemos tenido que crear un grupo de trabajo para la covid-19. Se trata de improvisar todo, de ser creativos, de imaginar, de decidir. Nuestra planta de infecciosas, la octava derecha, será la primera en la que ingresen estos enfermos porque tiene 27 habitaciones, con un gran número de ellas individuales, de aislamiento, y personal altamente cualificado. Hemos trasladado a los pacientes con otras enfermedades infecciosas fuera de la planta.

 

10 de marzo

La planta se ha llenado de enfermos de covid-19 en una noche. He avisado: “¡Chicos, esto va muy rápido, hay que abrir las otras!”. No nos confiemos porque la de neumo va a durar visto y no visto. Se empieza a abrir la de medicina interna, que tiene muchas camas. La dirección del hospital está muy receptiva y tremendamente activa. Les contamos que faltan equipos de protección individual (EPI) y mascarillas. Les cuesta trabajo conseguirlos porque no encuentran, pero hacen todos los esfuerzos. Si les decimos que la gente está desbordada y que hay que poner refuerzos, no ponen ningún problema.

 

11 de marzo

Hoy tengo la cabeza como si me hubiera ido de juerga. Estoy agotado. Estos días hemos estado con reuniones para preparar el hospital, hemos tenido una sesión informativa para todo el personal y he estado fuera de Madrid para una charla. Debe de ser por eso. En Italia ya llevan 831 fallecidos. En España suman 55. Sobre los avisos de Italia hemos escrito Miguel [Hernán, catedrático de Epidemiología de Harvard] y yo una tribuna. Se publica hoy en EL PAÍS. Contamos cómo hacer que la epidemia curse de manera que lo aguante el sistema sanitario. De evitar que un pico muy alto de contagios de repente lo pusiera en jaque y no se pueda atender a los pacientes o tener que hacerlo de aquella manera. Hablamos de prevenir aglomeraciones. Y de algo que no está muy presente, de responsabilidad cívica. De que cada beso en la mejilla a una amiga puede convertirse, de rebote, en el beso de la muerte para su anciana madre.

 

13 de marzo

La planta de medicina interna se está empezando a llenar, después de la mía y la de neumo. He ido a La Sexta. Me han preguntado si corremos el riesgo de italianizarnos. He contestado que sí, que vamos por su camino. Han pasado imágenes de la Plaza Mayor y la Gran Vía madrileñas, y estaban prácticamente solitarias. Me impresionó y me dio confianza en que esto puede funcionar. También han puesto otras con un montón de chinas haciendo una escalera. Se iban quitando la mascarilla como símbolo de que se ha terminado la epidemia en China. Después hemos tenido una reunión en el salón de actos con la dirección del hospital, para seguir proponiendo los esquemas de actuación. Sigo muy cansado. Estaba sentado con un compañero y le dije: “Me voy a hacer la PCR, por si acaso. No vaya a venir el lunes a ver pacientes contagiado”.

 

“ESA SENSACIÓN DE QUE NO ESTÁS PROTEGIDO. DE QUE NO HAY NADA QUE TE HAGA RESISTENTE, INMUNE A LOS MILES DE PELIGROS QUE NOS ACECHAN”.

 

14 de marzo

La PCR ha dado positivo. Todo el mundo me dice: “Claro, ¿cómo no te vas a poner malo con los abrazos que das? Seguro que con un achuchón de los tuyos te has contagiado”. Estoy convencido de que en pocos días estaré mejor, se me pasará el cansancio. Las cosas van bien para la gente que no tiene enfermedades de base, que es mi caso. Pienso seguir trabajando a distancia.

 

17 de marzo

He tenido que meterme en la cama. Cuando llevaba menos de una hora en el ordenador escribiendo, me di cuenta de que no podía seguir. Siento un cansancio enorme y dolores musculares. Como cuando tienes la gripe, pero multiplicado por mil. Por la ventana del cuarto de mi hijo, donde estoy confinado, miro las copas de los árboles más altos del parque. Hace sol. Verlos es un alivio.

 

19 de marzo

Nunca me han dado una paliza. Pero me imagino que, si te dan una paliza y te rompen los huesos, tiene que ser algo parecido a esto. Me he puesto el pulsioxímetro y ya empiezo a desaturar [tener una saturación de oxígeno en sangre inferior a 95% indica afectación pulmonar] un poco. He hablado con mis compañeros del servicio que también están enfermos y andan igual. Lo que sabemos es que la evolución es más o menos mala los seis o siete primeros días y que en ese momento haces crac y empiezas a mejorar. Mi amigo Rafa [Rubio, médico de enfermedades infecciosas del hospital 12 de Octubre] viene todos los días a verme y me insiste en que vaya al hospital. Pero me da mucha pereza. Los árboles de la ventana y el cielo azul que tanto me alegran los siento cada vez más lejanos, menos reales. Noto que están fuera de mi alcance. Como si estuviese preso o me lo pudieran quitar. He corrido la cortina. Me alivia más no ver nada.

 

20 de marzo

Estoy muy flojito. He llamado al hospital para decirles: “Chicos, voy para allá a que me miréis”. “Vente, vente”, me han dicho. Se nota que están preocupados porque no mejoro. Ha venido a buscarme Rafa con su EPI. Me he vestido y he salido como un lázaro, hecho polvo. Y claro, no me he podido despedir. Toñi se ha quedado en la puerta de la cocina, con los ojos llenos de lágrimas, a distancia. Queriendo estar fuerte. Es una sensación tremenda, terrible. Me asalta un pensamiento al salir. Seguramente todo va a ir bien, pero puede ser que no vuelva a entrar por esta puerta.

 

He bajado andando tan normal hasta urgencias del hospital desde Begoña, donde hemos dejado el coche. En urgencias me esperaban Jesús, Francesca y Roberto. Estaba convencido de que no me iba a quedar. Pero en la radiografía aparecen los infiltrados bilaterales leves [signos de una neumonía en los dos pulmones], me puse el pulsi, estaba desaturando. Me han ingresado en planta con un 91% de saturación y me han puesto oxígeno. Luego han venido Raúl y David, mis compañeros de la UCI, con el ánimo de ingresarme allí. Me dicen que tienen una cama libre, que más vale que la ocupemos porque mañana lo mismo no la tenemos. Y que así se quedan más tranquilos. Yo les he contestado: “Chicos, me acaban de poner oxígeno. Vamos a ver cómo evoluciona”.

21 de marzo

De repente estoy en la UCI, con oxígeno de alto flujo. Creo que ha venido Manuela [Loren, jefa de anestesiología] a bajarme, pero no estoy seguro. Me ha dicho lo mismo que ayer, que tengo algo alterada la analítica, pero que va bien y que se quedan más tranquilos. Me asalta un pensamiento. Vamos a ver. Enfermé y me encontraba muy bien. Nada hacía advertir el peligro. Pasé una semana en casa, empeoré y me tienen que llevar al hospital. Me llevan al hospital, no mejoro y me tienen que ingresar en la UCI sin intubación. Y el siguiente paso en esta secuencia lógica es la intubación, que igual ni despierto. Dios, ¿eso puede ser morirse? ¿Morirse es algo tan prosaico como esto? Que de repente me seden, me intuben y se acaba la vida, ¿así de tonto es esto? Madre mía. Ni me he despedido de mis hijos, ni de la mujer, ni de los amigos, de nadie.

 

“DIOS, ¿ESTO PUEDE SER MORIRSE? ¿MORIRSE ES ALGO TAN PROSAICO COMO ESTO?”

 

23 de marzo

En la UCI estás tan malito que honestamente lo que menos te importa es lo accesorio. Pero cuando entra una chica a lavarte y tú estás desnudito y se presenta con tanta delicadeza y cariño, te dice su nombre…, a pesar de que tienes la cabeza de aquella manera, ¡lo agradezco tanto! Veo que no lo hacen conmigo por ser de la casa, es exactamente igual en los boxes de al lado. Y los pacientes lo necesitamos mucho. Aunque sabes que estás en las mejores manos, las cosas se pueden torcer. Me anima pensar que estoy fuera de las estadísticas, tengo menos de 60 años, estoy sano. ¿Por qué me va a tocar a mí? Pero cosas más raras hemos visto. Pienso: “¡Cuántas tonterías hacemos en la vida! Nos cogemos disgustos, perdemos la salud. No sé si lo voy a contar, pero, si lo cuento, mi vida tiene que ser otra y darme cuenta de lo que es más importante”.

 

24 de marzo

Estás consciente, a veces más tontito, otras más espabilado, viendo la puerta y todo el mundo pasando por delante. Nadie entra, porque eso supone cambiarse de EPI, con todo lo pesado que es y la escasez de equipos que hay. Ni siquiera entran para apagar la alarma de los aparatos, que no es nada, pero estás ahí, pi, pi, pi, es enloquecedor, pero no les vas a llamar para eso. Cuando de repente ves que traen la bolsa con el equipo ya sabes que va a venir alguien. Y aparece una enfermera o el médico, ¡qué alegría! Asocio los EPI a una premonición positiva. Verles cambiarse es una noticia excelente porque significa que alguien va a romper tu soledad.

 

“NO ME HE PODIDO DESPEDIR. TOÑI SE HA QUEDADO EN LA PUERTA DE LA COCINA, CON LOS OJOS LLENOS DE LÁGRIMAS, A DISTANCIA. QUERIENDO ESTAR FUERTE”.

 

25 de marzo

Duermo mucho por el día. Por la noche me dan un zolpidem y es una maravilla. A veces me pronan [colocar boca abajo], que es la única medida que se ha demostrado en pacientes de UCI que mejora la recuperación. Me quedo horas así, con la cabeza de lado. Mirando los aparatos y las camillas de los boxes vecinos a través del cristal. No veo a los enfermos, solo sus cuerpos cubiertos. Me pregunto cómo llevarán los míos que esté aquí. Tú sabes cómo vas, tienes información mantenida. Ellos, no. Me tranquiliza enormemente pensar que todos están bien. No podría soportar que mi mujer, mis hijos, mis seres queridos estuviesen en una habitación, al lado, pasando lo que yo. Es lo único que llevaría mal. Y nuestras madres, nuestros hermanos y sobrinos, todos andan bien allí en Murcia. Me da una tranquilidad tremenda, tremenda.

 

A veces pienso que puedo morirme. Que es real. Por fin, me digo, voy a enterarme de qué hay más allá. Y vale, ya está. Pero no siento angustia, ni tristeza, ni cuento las horas para ver si me recupero. Creo que influyen los mensajes positivos de mis compañeros. Lo que percibo de las enfermeras, de las auxiliares, que están con tanto cariño. En ningún momento me dan ningún mensaje negativo al que puedas agarrarte en plan pesimista.

 

26 de marzo

Han bajado Clara, Rosa, Alejandro y Fernando [Dronda, adjunto del servicio de enfermedades infecciosas]. Fernando se ha puesto en la puerta de los cristales de la UCI con un conjunto de folios. En el primero pone: “He hablado con Toni”. Lo quita. “Todo ok”. Lo quita. “Tú estás magnífico”. Y así. Qué buen rato pasé. Cuando viene la gente de mi servicio o mis amigos a la cristalera, me pillan despierto y me hacen cualquier tontería, es un estallido de gozo. Abrir los ojos y ver a alguien resulta un regalo infinito. Les veo la cara alegre y me transmite fuerza. No sé si es que los sanitarios me dicen que todo va bien o que siento que hay gente que me quiere. Es una sensación etérea, no concretable, pero muy, muy energética.

 

27 de marzo

Hay una ventana que me queda enfrente, detrás del control de enfermería. Por ahí sigo la vida. No tengo reloj, pero miro allí y me hago la idea de cómo corre el tiempo y del tiempo que hace. Aparece el sol todos los días o está nublado. Se hace de noche. Es mi único contacto con el exterior. Esta mañana he visto caer copos de nieve. Pensé: debo de estar alucinando. Cuando entra Adolfo, mi médico, le pregunto: “¿Ha nevado?”. Se sorprende. “¿Cómo lo sabes?”. Esa ventana es mi lazo con la realidad. Pienso que qué bueno sería que incluso la gente en la UCI que está consciente tuviese ventana. Qué detalle más tonto, ¿no? Se carga de sentido y de sentimiento. Ayer me dijo María, uno de los médicos de la UCI: “¿Quieres hablar con tu mujer por videollamada?”. Y yo pensé: “Madre, si me ve Toñi así, se me muere”. “Ni pensarlo”, le he contestado.

 

Hoy no me ha dado a elegir, me ha puesto con Toñi con su propio móvil. Qué detallazo, lo ha hecho con todos, no solo conmigo, con una bolsita para protegerlo, y se ha retirado, muy discreta. A Toñi la he visto cansaílla, pero muy feliz. Se empezó a reír. “Bueno, pero qué bien que estás, no te imaginaba así de bien”. Hemos estado llorando los dos, pero tan felices. Me había visto salir de casa hecho polvo. Se imaginó lo peor de lo peor y encima en casa sola, los dos muchachos están en Murcia. El día lo pasa mal que bien, pobrecica, pero llega la noche y la noche es muy larga. He estado pensando en esa llamada todo el rato.

28 de marzo

He salido de la UCI. A pesar de estar allí aislado tantas horas, es como el seno materno. Te encuentras tan bien, tan atendido, tan seguro, que cuando me dijeron que subiría a mi planta pensé: “Me voy a perder toda esta seguridad, la tranquilidad que te da estar vigilado 24 horas de 24 horas”. El personal de la UCI es increíble. Son tremendos. Me han subido con el oxígeno alto. Aunque mis compañeros me dicen cuántos litros me ponen, miro todo el rato el aparato, sé que de eso depende todo. Es el barómetro de la recuperación, el mejor signo. Estoy muy flojito.

 

29 de marzo

No quiero ver la tele. No solo por todas las noticias del coronavirus, que son horrorosas. La cabeza no me da para eso, ni para leer los mensajes de WhatsApp, ni para nada.

 

31 de marzo

España suma hasta hoy 8.464 muertos por coronavirus. Todo mi hospital está ocupado por pacientes de covid-19. Me han dicho que ayer éramos 891 en planta y 103 en UCI. ¡Qué barbaridad! Antes de eso teníamos 900 camas. Se han hecho equipitos para cuidarnos. Los jefes de cada uno son infectólogos, internistas, geriatras o neumólogos, los que más saben, y luego hay médicos de todas las especialidades. Me parece una buenísima idea. La responsable del que me lleva a mí es una de mis adjuntas, Carmen Quereda. Con ella viene Cristina, una otorrino, y Carlos, un muchacho encantador que es R0, de los que han aprobado el MIR pero aún no han cogido plaza. Carmen lleva la voz cantante, me ausculta. Y el R0 también, para aprender. Cristina ayuda a Carmen en todo lo que manda, toma nota de todo, coge las constantes, pone el pulsi.

 

No me dejan levantarme para ir al baño porque han visto a pacientes que por ese esfuerzo tan pequeño desa­turaban y les tenían que mandar a la UCI. Pero he pedido que me ayuden a levantarme. No me puedo sostener solo. Me tambaleo. He ido apoyado en una enfermera, tan majica, y he entrado. Uno de mis compañeros esperó, por si me pasaba algo. Gracias a Dios, no desaturé.

1 de abril

Esta mañana ha entrado Pablo y me ha dicho: “Doctor Moreno, ¿le lavamos?”. “Hombre, déjame a ver si esta mañana me puedo duchar”. Ay, madre, eso que no valoramos cada día. Un gesto automático como ducharse. Entré con la gomita del oxígeno, me pusieron una alargadera que me permitió llegar hasta la ducha. El problema era cerrar la puerta, pero descubrí que por debajo de la puerta pasaba. ¡Qué sensación más estupenda! Te sientes de repente persona y que has renacido. Sigo mirando el aparato que mide el oxígeno que me ponen. Que lo bajen es el símbolo de la recuperación. Si alguien lo sube, me llevo un disgusto.

 

 

3 de abril

José Miguel, un amigo cirujano, me ha mandado un mensaje: “Tú tranquilo, que los maxilofaciales ya nos hemos hecho cargo de esto”. Qué grande. Es un chiste, pero ¡me da un sentimiento! Me emociona pensar en todos ellos por ahí, por el hospital, atendiendo a los pacientes. Todo el mundo se ha puesto a trabajar en el tema, ya sea cirujano de plástica, rehabilitador, cardiólogo, endocrino; todo el hospital se está dedicando a la covid-19. Lo extraordinario es que un cirujano al que le gusta el quirófano, operar, que hace tiempo no se ha preocupado del aspecto, digamos, estrictamente médico, lo haga ahora con una enfermedad que sabe que le puede suponer contagio, y no solamente para él, sino para su familia. Siento una emoción… En la tele veo a los camioneros, a los chicos que van a llevar comida a la gente mayor. ¡Y los aplausos! No me había dado cuenta hasta ahora de lo malo que estaba. Veo todo eso y lloro. Tengo que apagar la televisión… Lloro por todo con un sentimiento, no sé, pero estás agradecido al mundo. Te das cuenta de que estás bien gracias al esfuerzo de gente que trabaja por ti. Sé que los hospitales están respondiendo de una manera tremenda. Estoy muy, muy, muy, muy, muy sensible.

 

4 de abril

Miro el sillón que tengo enfrente. Es para las visitas, aunque, claro, no las hay. Pero yo lo asocio a la felicidad. La de hacer algo tan normal como hablar con los amigos. Cuando han empezado a venir mis compañeros, que muchos han estado enfermos, como Sergio, Pepe, Vicente, Enrique, se sientan ahí con sus EPI. Si alguien entra, le digo: “Siéntate, siéntate”. Es lo que más me encanta del mundo. Les digo: “Si ya lo has pasado tú también, aquí no hay ningún peligro”. Y nos quedamos hablando un ratito. Yo con mis gafas de oxígeno y ellos así. Que lleven todo el equipo no quita para que no tengamos una conversación estupenda. Me hablan del trabajo tremendo, del no poder parar, de la situación excepcional. Pero, admirablemente, nunca se quejan. Únicamente noto su empeño de sacar la situación adelante. Asistencialmente está siendo horroroso. El número de ingresos que hay, el número de pacientes. Me he hecho cargo de que es abrumador, pero de momento contenible. Los equipos en todo el hospital han contribuido al éxito total. No contribuí a organizarlo yo, ya estaba malo. Me parece una solución extraordinaria. Cómo iba a imaginar a los cirujanos viendo a pacientes con covid-19. O a un montón de especialistas, que les pilla muy lejos.

 

 

 

 

LLORO POR TODO CON UN SENTIMIENTO..., NO SÉ, PERO ESTÁS AGRADECIDO AL MUNDO

 

5 de abril

¡Tengo medio millar de mensajes de WhatsApp! ¡Qué cariñosos! Me dicen: “Estamos deseando que te pongas bueno para que nos des uno de esos abrazos tuyos”. He empezado a contestar. A los de mi servicio les cuento que estoy flojo, pero que les agradezco todo. Quiero decirle a todo el mundo que les quiero, abrazarles. Me parece que la gente es maravillosa.

 

Me dicen mis compañeros que la covid-19 provoca una tormenta de citoquinas, una inflamación capaz de causar un daño y matar a personas sanas con un mecanismo muy parecido al de las bacterias. Ya lo tienen muy perfilado. Yo me lo he perdido. Nos ha sorprendido. Ningún virus respiratorio tiene un comportamiento como este. El de la gripe no desarrolla esa respuesta inflamatoria que pone malísima a la gente. El coronavirus se comporta más como una bacteria, desarrolla algo muy parecido a lo que llamamos shock séptico.

 

Estoy débil, pero siento que ya no estoy en peligro. He hablado por primera vez con mis hijos, que están en Murcia. Solo con leer los mensajes que me habían mandado cuando estaba inconsciente, era un mar de lágrimas. Con mi mujer, no. Hablamos todos los días y si nos emocionamos los dos, pues bien está, pero con los críos… He llorado, les he dicho que no se apuraran. Que no pasa nada. Sigo mirando el aparato que mide el oxígeno que me ponen. Que lo bajen poco a poco es el símbolo de la recuperación.

 

6 de abril

Manuela me ha tenido que recordar cómo fue mi bajada a la UCI aquella noche. Me dijo que no era yo. Que me había visto entregado. Estaban viendo que todo el mundo aguantaba a sus pacientes durante el día porque no los veían mal y todas las mañanas, a las nueve, se encontraban a todo el mundo pidiéndoles bajar a enfermos que durante la noche habían empeorado. Manuela decidió llevarme a la UCI previendo que a la mañana siguiente pudiera llegar en un estado ya para la intubación. Adelantarse creo que fue fundamental para que no tuvieran que intubarme. También pienso en cómo me han tratado. Tengo unos recuerdos muy positivos. Aunque tenía la analítica disparada, me decían que los parámetros estaban un poco alterados, pero que iban yendo mejor. Eso a mí me reafirma en mi manera habitual de actuar, que es que a los pacientes hay que decirles la verdad, pero vendérsela de una manera positiva. No hay ninguna necesidad de decir: “Macho, estás hecho polvo”. Me reafirmo en esa sensación y en esa creencia de que, siempre que esté en mi mano, el paciente perciba su proceso como algo solucionable y como algo positivo. Por poco que sea, le ayudaré a agarrarse a lo que haya que agarrarse para que su estado de ánimo no decaiga. Nunca voy a engañarle, pero siempre le transmitiré las cosas de una manera que intente ser positiva.

 

7 de abril

Me han quitado las vías y el oxígeno. Ya te puedes mover con naturalidad. Se están sucediendo todos los signos de recuperación. Había perdido el apetito totalmente, pero he empezado a comer más de la cuenta. Yo que estaba ilusionado con perder la barriguita, y ¡ni siquiera! He pedido ejercicios de rehabilitación respiratoria y muscular.

 

10 de abril

Me bajan a la sala de rayos a hacer una radiografía por primera vez. Hasta ahora me las han hecho en la cama. Está desierto. Solo hay una personita. Miro por el pasillo hacia la calle y no veo un alma. ¡Qué impresión! Cuando me puse malo, el hospital estaba al 100% de actividad normal. En ese tiempo se ha vaciado. Está cerrado todo.

 

11 de abril

Me han dado el alta, con la PCR positiva, pero ya no podía más. Ha venido Rafa a recogerme. Le he dicho que fuésemos por la Castellana, por si no la volvemos a ver así. Es impresionante. En agosto está mucho más lleno que eso. Incluso por la noche. Pasaron tres coches en todo el trayecto. Es una ciudad fantasma. Llegamos a casa y ¿cuál fue mi reacción espontánea? Tirarme a darle un abrazo a mi mujer. Pero, claro, me paró. “Espera, espera”. Ella es más sensata que yo. Esta noche es un chute de felicidad. Otra vez metido en la habitación de mi hijo, pero es muy diferente. No puedo dormir. Con lo horrible que es el insomnio, que acude lo peor a la cabeza, hoy estoy encantado. Es algo parecido al nervio de la noche de Reyes, que no puedes dormir de la ilusión que tienes.

 

20 de abril

Estamos los dos solos por primera vez desde hace siglos. Y encima sin trabajar y en casa. La recuperación está siendo estupenda, estupenda. La PCR se ha negativizado. Me dicen que hay muchos pacientes que hacen como una especie de síndrome depresivo. Yo pienso: “Dios, a mí me ha afectado y, en vez de darme por la depresión, me ha dado por ponerme hipomaniaco”.

 

25 de abril

Pasamos los días sentados, leyendo, hablando. Cuando eso ocurre es porque es fiesta. En el día a día lo hacemos poquísimo. Le he dicho a Toñi: “Creo que hay muchas cosas que podemos hacer”. Cuando estaba en planta pensaba: “Me hace ilusión esto y esto, me gusta esto otro”. Voy a coger y mimarlo todo. He pensado que seguramente ni los pacientes, ni el servicio, ni yo nos vamos a resentir ni un poco por repartir la energía en diferentes frentes, así que vamos a hacer más cosas que esto. Porque te metes en la profesión y le dedicas tiempo, tiempo y tiempo, y no hay límite.

 

27 de abril

He vuelto al hospital con muchas ganas. Después de todo el cariño que he recibido durante la enfermedad, la acogida ha sido extraordinaria. Lo he encontrado aún semivacío, pero ya con menos pacientes de covid-19 y despejando plantas. Todos tremendamente pendientes de resolver la reconstrucción. He constatado y confirmado la grandeza de la dedicación de todo el personal.

 

4 de mayo

He hecho diapositivas para mis charlas con mis radiografías. No cuento que son mías, pero son ejemplificadoras porque en la del día 20, cuando llegué a la puerta de urgencias, se ve una placa típica de covid-19, con infiltrados más o menos tenues pero claros en los dos pulmones, y tres días más tarde en la UCI se ven los dos pulmones llenos de infiltrados enormes.

 

Noto que me canso más con el trabajo de por la tarde, al preparar artículos de investigación, proyectos, la gestión de servicio, lecturas, los correos electrónicos pendientes. A las nueve o así me tengo que levantar. Creo que la recuperación física ha ido más rápida que la mental.

 

11 de mayo

Un amigo me recuerda que cuando salió la gripe aviar, yo le había dicho que nos preparásemos, que pandemias íbamos a sufrir, y pandemias graves. “Cuando ha aparecido esto me he acordado de ti”, me dice. Hemos pasado por esta pandemia. Pero seguramente no va a ser la última vez ni va a ser la peor. El número de personas que mata es pequeñito, por más que nos alarmen las cifras. Pero sus primos el MERS y el SARS matan más. Afortunadamente, se transmiten menos. Pero se puede imaginar una combinación de los dos. Un virus con facilidad de transmisión y alta mortalidad. Que en vez de ser transmisible por contacto, lo hiciera por vía inhalatoria como la gripe y que la tasa de contagio fuese todavía mayor. O que se transmitiese por el agua.

 

Yo no pensé que esta era la pandemia que estábamos esperando. Malinterpreté los datos que había y pensé, por ejemplo, que independientemente de tener en cuenta que la tasa de contagio era el famoso número R0 de 2,6, tampoco era tanto. Y luego la tasa de mortalidad era muy bajita. Malinterpreté aquello.

 

15 de mayo

Hoy es San Isidro, festivo en Madrid. Ya estoy al 100% trabajando, se me hace la hora de cenar y no me entero. Toñi ha vuelto a reñirme, como antes de ponerme malo. Te haces el propósito de cambiar. Pero eso es difícil de ejecutar. Porque sales y la vida es la misma y no tenemos muchas posibilidades de escaquearnos de la inercia. Toñi me dice hoy, como cada día: “¿Para eso te ha servido ponerte malo? No has cambiado nada, no has aprendido nada”. He fracasado en el intento de momento. La vida no se ha modificado en casi nada a como era previamente. Me he dado cuenta de que lo importante son las personas y los sentimientos. Veo las cosas de otra manera aunque no actúo en consecuencia. Pero al fin y al cabo hago lo que me gusta.

 

18 de mayo

Me han llamado de una emisora de radio de Argentina. Me preguntan: “¿Qué recomiendan ustedes, que lo han vivido?”. “Si yo fuese ahora mismo quien tuviese que tomar una decisión, haría esto: cierren las escuelas, eviten las aglomeraciones desde ya, no esperen a que se extiendan los casos. Si se pasan, será una buena noticia para el país, pero no se queden cortos y haya que lamentarlo”. Seguramente nosotros pecamos de exceso de confianza y estoy seguro de que, si volviera a pasar algo parecido, no íbamos a cometer los errores que hemos cometido. Hay que tener en cuenta que esto es la primera vez que pasa en el mundo desde la gripe de 1918. Había cosas que teníamos que haber hecho de manera diferente. Visto ahora, se tenían que haber implantado las medidas de aislamiento social una semana antes, por lo menos. Seguro que ahora a nadie se le ocurriría autorizar la manifestación del día 8 de marzo. Ni la reunión de Vox. Ni los partidos de fútbol.

 

19 de mayo

Si ahora mismo algo puede solucionar el problema es la investigación prioritaria, investigar qué medicamentos debes dar a un paciente desde el primer momento y más tardíamente cuando está malito. Investigar en busca de una vacuna. Y en ausencia de esta, la investigación epidemiológica. Son los epidemiólogos los que pueden trazar qué va a pasar con la epidemia en los próximos meses y, por tanto, la cantidad de medidas que se deben adoptar. Nuestro país no se caracteriza precisamente por valorar la investigación en lo que vale. Ahí sí que se cometen errores, y es verdad que cualquiera que haya estado en el Gobierno lo ha hecho mal, porque a la vista está. Yo creo que esto nos ha llegado tan dentro y ha dañado tanto el país y el mundo que ha demostrado que es preciso estar preparado para investigar lo que haga falta.

 

24 de mayo

Lo que me ha pasado me ha puesto de manifiesto que puedes estar bien hoy y de la manera más tonta dejar de estar. Madre santísima, piensas que con esto no saldas ninguna deuda ni te has librado de nada. Sigues estando expuesto al accidente de tráfico o al tumor incurable. Es de las pocas cosas que se han quedado conmigo. Esa sensación de que no estás protegido. De que no hay nada que te haga resistente, inmune a los miles de peligros que nos acechan. Pero es también verdad que el ser humano tiene capacidad para vencer de manera repetida los obstáculos de salud que se presentan. Con este pensamiento espero la siguiente batalla.

 

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